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Juan Villoro, el 10 de la selección

México en la lona
Por Juan Villoro.
Reforma. Junio 23, 2006

Los seleccionados mexicanos son buenos muchachos: no beben, no fuman, no se desvelan y no juegan.

Hay infinidad de cosas que a los mexicanos nos da trabajo o flojera hacer sin que eso se convierta en problema nacional. El futbol es el más extraño catalizador de las emociones. Aunque la realidad no siempre respalda nuestros anhelos, vamos a los estadios con una esperanza ajena a los resultados. No hay público más imaginativo: ¿en qué otra parte las ilusiones se alejan tanto de los datos?

En los últimos tres mundiales México había pasado a la siguiente ronda con autoridad, pero esto no nos convertía en potencia. 2006 llegó como el año en que decidimos que los goles serían para nosotros. Treinta y cinco mil paisanos se fueron a Alemania. La dificultad de pasar por el detector de metales con sombrero de charro no fue nada en comparación con el sobrepeso de las maletas que contenían pebeteros con inciensos de copal. La raza se disfrazó de sí misma al grito de: "¡Sí se puede!" Aunque la consigna delataba nuestro pasado perdedor, algo nos hacía suponer que esta vez las cosas serían distintas.

¿Cómo fue posible el engaño colectivo? Los espejismos surgen ante la aridez circundante. La razón básica para soñar con la Selección es el desastroso entorno en que vivimos. Este afán compensatorio explica las ganas de empacar maracas para ser mexicano en Alemania, pero no que estemos tan convencidos de la victoria.

Entre los mitos fundadores de la identidad nacional se encuentra el de Quetzalcóatl. El dios sabio repudió a un pueblo que no supo estar a su altura y prometió regresar con mensajes aprendidos en el extranjero. Desde entonces confiamos en las noticias que vienen de lejos: la FIFA nos confundió al ubicarnos en el cuarto sitio del ranking mundial y como cabeza de grupo. Cualquier aficionado con un mínimo de información sabía que las escuadras del grupo de junto (Argentina, Holanda, Costa de Marfil y Serbia y Montenegro) eran superiores. El favoritismo de la FIFA se explica por razones políticas. México es el estupendo socio que organizó con éxito dos mundiales, aceptó un castigo exagerado para permitir que Estados Unidos asistiera a Italia 90, participa en cualquier partido amistoso y ofrece un mercado de 70 millones de fanáticos. Aunque todo esto es obvio, la FIFA nos mareó con su preferencia.

Además, la pasada Copa Confederaciones produjo un raro hechizo. México brindó un partido excepcional ante Brasil. Fuimos un portento de 90 minutos, que bastaron para desatar visiones promisorias. Poco después, los dos jugadores que se sometieron al examen de dopaje dieron positivo. ¿Qué hubiera pasado si otros jugadores hubieran sido analizados? Para evitar una sanción mayor, la Federación logró correr una espesa cortina de humo sobre el tema.

En sus siguientes dos partidos de la Copa Confederaciones, México jugó como nunca y perdió como siempre. Tenemos un equipo reactivo que baila al son que le toquen: gana mal ante Congo y pierde bien ante Alemania. El proceso de La Volpe ha marcado un retroceso respecto a lo que lograron Mejía Barón, Lapuente y Aguirre. Enemigo de lo excepcional, La Volpe quiere jugadores obedientes. Es más un profesor autoritario que un estratega. En un rapto de sensatez, ha dicho que después de la Selección trabajará con fuerzas básicas. Al frente del Atlas, supo sacar talento de la cantera; sin embargo, se le dificulta obtener títulos porque concede pocas libertades a los jugadores. Enamorado de la rutina, detesta lo excepcional. Para su desgracia, en el futbol ganan los excepcionales. Su renuencia a contar con Cuauhtémoc y el Bofo sólo se explica por su sostenido repudio a lo incalculable. Más allá de los insultos a sus propios jugadores y el agua que arroja a los periodistas, se toma su trabajo en serio, pero no rinde lo esperado. Estamos ante un entrenador que pide súbditos. Es una lástima comprobar que ésa es la condición del futbolista mexicano. A diferencia de Colombia, Chile o Argentina (por citar países equivalentes), México no tiene sindicato de futbolistas. Incapaces de actuar por su cuenta fuera de la cancha, los jugadores tienen miedo de ejercer su criterio dentro de ella.

Para colmo, en pocos países la mediocridad da tanto dinero. Un futbolista promedio de nuestra primera división gana más que un astro del Independiente de Argentina o el Botafogo de Brasil. El jugador mexicano no tiene necesidad de destacar para ser fichado en Europa. Puede llevar una vida rentable en su país, sin medirse con los grandes del juego. Si cualquier Selección incorpora miembros de distintas ligas, México parece una variante retocada de los equipos socialistas que dependían de una sola liga. Para colmo, permanecer en el país no garantiza estabilidad. El gran negocio local es el traspaso de jugadores; por lo tanto, los futbolistas saltan de un equipo a otro, con los consecuentes desniveles de juego. Si a esto se agrega que los torneos duran seis meses para favorecer el mercadeo mediático de la liguilla, resulta obvio por qué es imposible trabajar a largo plazo.

En nombre de la patria, 19 patrocinadores han anunciado cervezas y comida chatarra, y algunos políticos se han sumado al delirio. Felipe Calderón visitó a la Selección, profetizó que llegaría a la final e hizo anuncios con algunos de sus integrantes. El político que ha permitido que la calumnia se convierta en una de sus estrategias de campaña reveló su poca visión futbolística y su afán de rentabilizar un nacionalismo ramplón.

Por su parte, Vicente Fox felicitó a la Selección después de la derrota ante Portugal y le pidió que siguiera por el mismo camino.

México quedó en la lona, pero clasificó porque sólo estaba desmayado y los otros dos estaban muertos. Ninguna metáfora mejor para el conformismo que sale de Los Pinos.

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